Cuando una pareja se separa, una de las dudas más frecuentes es saber qué ocurrirá con el perro. En muchos casos, la custodia compartida parece la solución más justa para que ambos tutores puedan seguir disfrutando de su compañía. Sin embargo, ¿es realmente la mejor opción para el bienestar del animal?
Rafa, educador canino, explica que la respuesta depende de cada caso. “No todos los perros afrontan igual los cambios de rutina, de hogar o de convivencia, por lo que una decisión que funciona perfectamente para unos puede convertirse en una importante fuente de estrés para otros”. Por ello, los especialistas insisten en que el objetivo no debe ser repartir el tiempo de forma equitativa, sino encontrar la alternativa que mejor se adapte a las necesidades del perro.
Cada perro vive la custodia compartida de una forma diferente
El educador canino deja claro que no se puede estar a favor o en contra de la custodia compartida de forma general. “Cada perro es un mundo”, explica. Mientras algunos se adaptan con facilidad a los cambios, otros necesitan mucho más tiempo para sentirse cómodos cuando cambia su entorno.
Existen perros que apenas muestran dificultades para modificar sus rutinas. Pueden salir a pasear a distintas horas, convivir en dos viviendas diferentes o alternar periodos con cada tutor sin que eso afecte de forma significativa a su comportamiento. En estos casos, una custodia compartida semanal o incluso mensual puede ser una opción perfectamente válida.
Sin embargo, también hay perros para los que cualquier cambio supone un gran esfuerzo de adaptación. Cambiar de casa, modificar sus horarios o dejar de convivir con las personas y animales con los que comparte el día a día puede generarles una importante inseguridad. Por eso, antes de decidir cómo organizar la convivencia tras una separación, conviene valorar cómo afronta cada perro este tipo de situaciones.
Los cambios de hogar provocan difíciles periodos de adaptación
Según explica el educador, algunos perros necesitan varios días para adaptarse a un nuevo entorno, mientras que otros pueden tardar semanas e incluso meses en recuperar la normalidad.
El motivo es que no solo cambia la vivienda. También cambian los olores, los espacios de descanso, las rutinas de paseo, los horarios de comida e incluso las personas con las que conviven. Para el perro, todo ese conjunto forma parte de su vida diaria y constituye una referencia que le aporta seguridad.
Rafa recuerda que el animal no ha elegido ese cambio. Desde un día para otro puede encontrarse viviendo entre cuatro paredes completamente distintas, con una rutina nueva y sin algunas de las figuras con las que convivía hasta ese momento. Si cada una o dos semanas vuelve a cambiar de casa, ese proceso de adaptación puede repetirse continuamente.
En los perros que tienen más dificultades para gestionar los cambios, esta situación puede impedir que lleguen a sentirse realmente estables, ya que cuando empiezan a adaptarse a un entorno deben volver a abandonarlo para iniciar el proceso desde cero.
El estrés provocado por los cambios también puede afectar a su salud
El educador advierte de que una adaptación complicada no solo puede reflejarse en el comportamiento del perro. El estrés mantenido también puede tener consecuencias sobre su bienestar físico.
Entre otras cosas, explica que un periodo de adaptación especialmente difícil puede favorecer un aumento del cortisol, la conocida como hormona del estrés. Además, algunos perros pueden experimentar alteraciones digestivas o cambios en la microbiota intestinal asociados a esa situación de tensión continuada.
Por este motivo, insiste en que la decisión sobre la custodia compartida debe tomarse pensando en el animal y no únicamente en el deseo de repartir el tiempo entre ambos tutores. Si el perro necesita varios días para recuperarse cada vez que cambia de vivienda, ese esfuerzo puede repetirse una y otra vez durante meses o incluso años.
La mejor decisión no siempre consiste en repartir el tiempo al 50%
Para Rafa, hablar de custodia compartida no significa necesariamente que el perro deba pasar exactamente el mismo tiempo con cada persona. En algunos casos, esa puede ser la mejor alternativa, pero en otros no.
Si el animal muestra muchas dificultades para adaptarse a los cambios, considera que puede ser más beneficioso que permanezca de forma estable con uno de los dos tutores y que el otro mantenga el vínculo mediante visitas frecuentes, paseos o encuentros puntuales.
De esta manera, el perro puede seguir disfrutando de la compañía de ambas personas sin verse obligado a afrontar constantes periodos de adaptación. La decisión, insiste el educador, debería tomarse siempre de forma conjunta y con un único objetivo: garantizar el bienestar del animal.
En definitiva, la custodia compartida no es una fórmula que sirva para todos los perros. Antes de decidir cómo organizar la convivencia tras una separación, conviene observar la capacidad de adaptación de cada animal, valorar su respuesta ante los cambios y priorizar aquello que le permita vivir con la mayor estabilidad posible. Porque, como recuerda Rafa, la atención nunca debe centrarse únicamente en lo que desean las personas, sino en lo que realmente necesita el perro.
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