Durante el aislamiento provocado por la pandemia, Aamir Tinwala, un joven de Coppell, Texas, convenció a sus padres para que le permitieran tener un ave como mascota. Así llegó a su vida Koco, una cacatúa ninfa (Nymphicus hollandicus), reconocible por su rostro amarillo y sus características manchas anaranjadas en las mejillas.
Aamir desarrolló un fuerte vínculo con ella y comenzó a interesarse por las aves mucho más allá de su propia mascota. Con el tiempo descubrió un problema que afectaba a numerosas especies silvestres: la desaparición y transformación de sus hábitats.
Aquella inquietud acabaría convirtiéndose en algo mucho mayor. Cinco años después, el joven ha construido personalmente más de 750 cajas nido y ha conseguido que su iniciativa llegue a comunidades de buena parte de Estados Unidos.
El proyecto de Aamir ya ha llegado a 20 estados de Estados Unidos
La experiencia con Koco llevó a Aamir a observar de otra manera a las aves de su entorno. Comenzó fabricando estructuras de madera en las que determinadas especies pudieran encontrar un lugar para reproducirse y, poco a poco, aquel trabajo doméstico fue tomando forma hasta convertirse en el Backyard Bird Project.
La propuesta dejó pronto de limitarse al patio familiar. Aamir comenzó a colaborar con vecinos, escuelas y organizaciones comunitarias, organizó actividades para enseñar a fabricar cajas nido y puso a disposición de otras personas instrucciones para construirlas. También creó una página web desde la que los interesados podían solicitar uno de estos refugios.
El resultado ha superado ampliamente aquella primera experiencia. Según The Washington Post, además de las más de 750 estructuras fabricadas personalmente por el joven, su iniciativa ha impulsado actividades y clubes escolares en 20 estados y sus contenidos educativos han alcanzado a más de 23.000 personas.
Su interés por las aves también llegó a la política local. Aamir promovió una petición para que Coppell adoptara al cernícalo americano (Falco sparverius) como ave oficial de la ciudad, una iniciativa que finalmente prosperó. Su objetivo no era únicamente instalar refugios, sino conseguir que otras personas prestaran atención a la biodiversidad que existe incluso dentro de las ciudades.
Las cajas nido permiten compensar la falta de refugios para las aves
La idea de Aamir tiene una base conservacionista clara. Muchas aves necesitan cavidades para reproducirse, pero los huecos disponibles pueden disminuir cuando desaparecen árboles maduros, se reforman edificios o se transforman determinados espacios urbanos.
La magnitud del problema de fondo es considerable. Una investigación publicada en la revista científica Science estimó que las poblaciones de aves de Estados Unidos y Canadá habían perdido unos 2.900 millones de individuos desde 1970, aproximadamente un 29 % de la abundancia existente entonces. La reducción afectó incluso a especies anteriormente muy comunes.
Las cajas nido no pueden solucionar por sí solas una crisis de semejante dimensión, pero sí pueden compensar parcialmente la falta de cavidades en determinados lugares y para determinadas especies. Un estudio publicado en Biodiversity and Conservation, por ejemplo, analizó su utilización después de la modernización de edificios que había eliminado lugares de reproducción. Tras cinco años de seguimiento, los investigadores observaron que estas estructuras podían contribuir a recuperar alrededor de la mitad de la población original de las aves estudiadas.
Eso explica por qué el proyecto de Aamir tiene un valor que va más allá de la cantidad de refugios construidos: también enseña a niños y adultos que las ciudades pueden convertirse en espacios de conservación y que algunas medidas relativamente sencillas pueden favorecer a la fauna que vive junto a nosotros.
Una caja nido no sirve para cualquier ave ni puede colocarse en cualquier sitio
Hay, sin embargo, una precisión importante. Instalar una caja nido no significa automáticamente ayudar a las aves. Las dimensiones, el diámetro de entrada, la orientación, la altura y el lugar en el que se instala deben adaptarse a la especie que se pretende favorecer.
La investigación científica muestra además que una mala ubicación puede reducir los beneficios esperados. Un estudio sobre carboneros comunes y herrerillos comunes en zonas urbanizadas encontró un menor éxito reproductivo en las cajas situadas en ambientes intensamente urbanizados, lo que llevó a los investigadores a advertir que determinadas instalaciones podrían incluso funcionar como una especie de “trampa ecológica”.
Por eso, construir refugios artificiales debe acompañarse de otras medidas: conservar árboles y vegetación, favorecer plantas autóctonas, reducir el uso de pesticidas y mantener espacios donde las aves puedan encontrar alimento y protección.
Ese contexto ayuda también a entender la dimensión de lo conseguido por Aamir. Koco despertó una curiosidad que terminó convirtiéndose en acción colectiva. Lo que comenzó con un adolescente trabajando la madera en casa, ha acabado involucrando a estudiantes, familias y organizaciones de distintos lugares.
El propio joven lo resumió al explicar a The Washington Post por qué continúa fabricando estos refugios: individualmente puede parecer un gesto pequeño, pero, cuando muchas personas hacen algo parecido, la suma puede producir un impacto real.
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