Una vivienda particular puede albergar perros, gatos, pájaros o pequeños animales, pero resulta mucho más difícil imaginar dentro de un apartamento una colección propia de un zoológico. Eso es precisamente lo que encontraron las autoridades al descubrir que una mujer jubilada convivía con alrededor de 30 animales de distintas especies, algunos de ellos salvajes o exóticos como una boa, un zorro y un caimán.
El caso vuelve a plantear una cuestión que trasciende lo anecdótico: ¿cualquier especie puede convertirse en animal de compañía simplemente porque alguien esté dispuesto a cuidarla? La respuesta depende de cada país. En España, la Ley de Bienestar Animal ha establecido precisamente un sistema destinado a determinar qué especies silvestres pueden mantenerse legalmente como mascotas.
Cerca de 30 animales de distintas especies convivían en un mismo apartamento
La protagonista de esta historia es una mujer jubilada cuya afición por los animales había alcanzado unas dimensiones extraordinarias. En su vivienda en Nizhni Nóvgorod, Rusia, convivían alrededor de una treintena de ejemplares, una cifra ya difícil de gestionar incluso cuando se trata exclusivamente de especies domésticas.
Lo verdaderamente excepcional era la diversidad. Junto a animales que pueden encontrarse habitualmente en una casa aparecían especies silvestres y exóticas, y el reducido espacio disponible hacía todavía más sorprendente la convivencia.
Mantener un animal salvaje en una vivienda no implica únicamente proporcionarle comida. Cada especie presenta unas necesidades ambientales, alimentarias, veterinarias y de comportamiento diferentes. Temperatura, humedad, dimensiones del recinto o posibilidades de desarrollar sus conductas naturales son factores fundamentales.
El problema se vuelve todavía mayor cuando se reúnen decenas de ejemplares con necesidades completamente distintas en un mismo domicilio. Un reptil necesita unas condiciones que poco tienen que ver con las de un mamífero doméstico; un animal salvaje, además, no deja de presentar los comportamientos propios de su especie por haber crecido junto a personas.
Casos como este llaman la atención por lo insólito de encontrar determinados animales detrás de la puerta de un piso, aunque también abren el debate sobre los límites de la tenencia particular de fauna silvestre y sobre qué especies pueden adaptarse realmente a vivir como animales de compañía.
El problema de tener un animal salvaje en casa: sus necesidades reales no desaparecen
Tener muchos animales no constituye por sí mismo una situación de maltrato. La cuestión fundamental es si la persona dispone del espacio, los recursos y los conocimientos necesarios para proporcionar a cada uno unas condiciones adecuadas.
El desafío aumenta considerablemente con la fauna silvestre. Un zorro, por ejemplo, conserva unas necesidades de exploración y comportamiento propias de un animal no domesticado. En el caso de reptiles de grandes dimensiones, además de su bienestar deben considerarse las condiciones de seguridad y las instalaciones necesarias para evitar fugas o accidentes.
Un caimán representa un ejemplo especialmente claro. No es comparable con mantener un pequeño reptil en un terrario: conforme crece necesita instalaciones acuáticas y terrestres adecuadas, control ambiental y unas medidas de seguridad difíciles de garantizar en una vivienda convencional.
Algo semejante ocurre con determinadas serpientes. Las boas pueden alcanzar dimensiones considerables y requieren recintos adaptados a su tamaño, temperatura y humedad, además de una alimentación específica. La fascinación que producen los animales exóticos puede llevar a algunas personas a adquirirlos cuando son pequeños sin valorar suficientemente cómo cambiarán sus necesidades al alcanzar la edad adulta.
Por eso, las políticas de bienestar animal de distintos países están dejando de centrarse exclusivamente en evitar el abandono o el maltrato evidente. También buscan impedir que especies incompatibles con la vida doméstica terminen en hogares particulares y posteriormente tengan que ser entregadas, abandonadas o trasladadas a centros especializados.
Esto dice la Legislación española sobre tener una boa, un zorro o un caimán como mascota
En España, la referencia fundamental es la Ley 7/2023, de protección de los derechos y el bienestar de los animales. Su artículo 34 establece qué categorías pueden ser objeto de tenencia como animales de compañía e incluye perros, gatos y hurones, determinadas especies domésticas y las especies silvestres que formen parte del denominado Listado Positivo de animales de compañía.
La norma crea precisamente ese Listado Positivo para determinar qué animales silvestres pueden mantenerse como mascotas. La inclusión de una especie debe valorar, entre otras cuestiones, que pueda mantenerse adecuadamente en cautividad y que no represente riesgos para la salud o la seguridad de las personas, otros animales o el medio ambiente.
Además, la propia ley establece restricciones que afectan directamente a determinados animales exóticos. Entre los animales que no pueden mantenerse como compañía figuran los reptiles venenosos y todos los reptiles que en estado adulto superen los dos kilos de peso, con la excepción de los quelonios, así como los mamíferos silvestres que superen los cinco kilos de peso. A ello se suman las prohibiciones derivadas de la normativa sobre especies exóticas invasoras y especies protegidas.
Por tanto, trasladar literalmente a España una situación como la de esta jubilada resultaría jurídicamente muy problemática. Un caimán adulto quedaría fuera de los animales admitidos como mascota por su tamaño, y la situación de una boa dependería, entre otros factores, de la especie y de su peso adulto. Un zorro tampoco puede considerarse simplemente una mascota doméstica como un perro o un gato.
La filosofía de la legislación española es justamente evitar que la posibilidad de tener un animal dependa únicamente del deseo del tutor humano. Antes debe garantizarse que esa especie es compatible con la vida en cautividad doméstica, con la seguridad pública y con la protección de la biodiversidad.
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