Manuel Balibrea, educador canino: “Cuando un perro ladra y se pone como loco al ver a otro no es por agresividad, es miedo o frustración, y tensar la correa solo lo empeora”

 
Por Alejandro Lingenti, Periodista. 1 octubre 2026

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Un perro divisa a otro durante el paseo. De repente, deja de explorar, fija la mirada, adelanta las orejas y su cuerpo se vuelve rígido. Segundos después puede empezar a ladrar, tirar de la correa o abalanzarse. Para Manuel Balibrea, psicólogo y educador canino, lo verdaderamente importante ocurre precisamente durante esos instantes anteriores a la reacción.

“Tienes menos de tres segundos para decidir qué haces”, explica el especialista. Su consejo consiste en observar tanto el lenguaje corporal del perro como el comportamiento de la persona que sostiene la correa. El gesto instintivo de sujetarla con fuerza y acortarla al ver aproximarse otro animal puede añadir tensión a una situación que ya resulta complicada.

“Si te tensas, si acortas la correa, la recoges, si contienes la respiración, te sobresaltas, todo esto le está transmitiendo información a tu perro”, señala Balibrea. De ahí su advertencia: “Le estás diciendo a tu perro que se prepare para un peligro”.

Las señales que aparecen antes de que el perro ladre o se abalance

La reacción de un perro raramente surge de la nada. Antes de un ladrido, gruñido o abalanzamiento suelen producirse cambios corporales que permiten anticipar lo que está sucediendo.

Una de las claves está en identificar la denominada distancia umbral. Es, de manera simplificada, la distancia respecto a un estímulo a partir de la cual el perro comienza a sentirse tan incómodo, excitado o amenazado que resulta mucho más difícil conseguir que responda a las indicaciones de su tutor.

Esa distancia no es idéntica para todos los perros y tampoco permanece siempre estable. El contexto, experiencias anteriores y el estado emocional del animal pueden modificarla. Y Balibrea insiste en que estas reacciones no deben interpretarse automáticamente como una cuestión de dominancia: “Cuando tu perro ve a otro perro y ladra o tira de la correa poniéndose como loco, quítate de la cabeza la teoría de que es dominante: o tiene miedo o está frustrado”.

Entre las señales que Balibrea recomienda observar se encuentran la mirada fija, la rigidez corporal y el cambio en la posición de las orejas. Si el perro todavía puede prestar atención a su tutor, aceptar un premio o cambiar de dirección, existe margen para intervenir antes de que alcance un nivel de activación mucho mayor.

Además, conviene recordar que reactividad y agresividad no son sinónimos. Un perro puede ladrar o abalanzarse por miedo, frustración, excitación o porque, al estar sujeto por una correa, no puede aumentar por sí mismo la distancia respecto de aquello que le incomoda.

Qué ocurre cuando el tutor tensa la correa al encontrarse con otro perro

La advertencia de Balibrea tiene una explicación sencilla. Al observar otro perro, el tutor puede anticipar que se producirá un conflicto y sujetar inmediatamente la correa con mayor fuerza. El perro recibe entonces simultáneamente varios cambios: disminuye su libertad de movimiento, aparece presión física y cambia el lenguaje corporal de la persona que lo acompaña.

La ciencia ha estudiado precisamente la tensión generada durante los paseos con correa. Una investigación publicada en Animals, realizada a partir de 370 paseos con perros de refugio y voluntarios, midió mediante sensores las fuerzas ejercidas tanto por los animales como por las personas. Sus resultados muestran que perro y humano participan dinámicamente en esa tensión.

Eso no significa que un simple tirón transmita automáticamente al perro el mensaje de que existe una amenaza. Los perros interpretan el conjunto de la situación y su respuesta depende de múltiples factores. Tampoco existe evidencia suficiente para afirmar que el estrés del tutor pase directamente “por la correa” al animal en todos los casos.

Lo recomendable es, por tanto, evitar mantener una tensión innecesaria y constante y aprender a caminar con la correa relativamente holgada siempre que las condiciones de seguridad lo permitan.

Cómo actuar cuando aparece otro perro durante el paseo, según los expertos

Cuando el animal muestra las primeras señales de incomodidad, esperar hasta que ladre o se abalance dificulta considerablemente la intervención. Balibrea propone actuar antes.

Si es necesario aumentar la distancia, recomienda hacerlo con tranquilidad en lugar de girar bruscamente mientras se tira del perro. Se puede cambiar suavemente de dirección, llamarlo y reforzar con un premio el hecho de que siga a su tutor.

Esta estrategia coincide con los principios del entrenamiento mediante refuerzo positivo. La RSPCA, por ejemplo, aconseja enseñar progresivamente a caminar con la correa floja y premiar al animal cuando lo hace correctamente.

La distancia también puede convertirse en una herramienta. Si un perro reacciona sistemáticamente cuando otro se encuentra a cinco metros, comenzar el trabajo obligándolo a pasar a un metro probablemente lo colocará en una situación demasiado difícil. Resulta preferible trabajar inicialmente desde una distancia en la que todavía pueda permanecer tranquilo y reducirla progresivamente.

Las calles estrechas pueden dificultar que el perro gestione un encuentro con otro

El lugar donde ocurre el encuentro también importa. Balibrea recomienda no comenzar este aprendizaje en calles estrechas o espacios en los que el perro no perciba ninguna posibilidad de alejarse. “Antes de exponeros a situaciones en las que no vais a tener escapatoria deberíais entrenar en sitios anchos, donde vuestro perro perciba que tiene una escapatoria real”, explica.

Parques amplios u otros espacios donde resulte sencillo modificar la trayectoria permiten controlar mejor la distancia. A medida que el perro aprende a gestionar esos encuentros, se pueden introducir gradualmente escenarios más complejos.

El objetivo no debería ser conseguir que soporte cualquier situación a cualquier distancia, sino enseñarle respuestas alternativas y evitar llevarlo constantemente más allá de su capacidad para gestionarlas.

Cuando los ladridos, gruñidos o abalanzamientos son frecuentes, empeoran con el tiempo o suponen un riesgo para personas u otros animales, es recomendable acudir a un veterinario especializado en comportamiento o a un profesional cualificado en educación canina. Detrás de la reactividad pueden existir miedo, ansiedad, frustración e incluso problemas físicos que deben evaluarse individualmente.

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