Curiosidades del mundo animal

Isabel Jiménez, etóloga: “Cuando tu perro se para a oler una esquina no está perdiendo el tiempo, está leyendo el mundo”

 
Eva López
Por Eva López, Editora Sénior. 5 octubre 2026
Isabel Jiménez, etóloga: “Cuando tu perro se para a oler una esquina no está perdiendo el tiempo, está leyendo el mundo”
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Estás paseando con tu perro y, de repente, se detiene a oler algo en el suelo o hunde el hocico en una esquina, ajeno a tus llamadas, como si el mundo se hubiera parado en ese instante. Para ti puede ser una parada sin sentido; para él, es la parte más importante del paseo.

Según la etóloga Isabel Jiménez, en uno de sus vídeos de YouTube, detrás de muchos problemas de convivencia hay un error de base: dar por hecho que humano y perro habitan el mismo mundo. “El mundo que percibe tu perro y el mundo que percibes tú son dos mundos distintos”, explica, y deja claro que entender cómo percibe el suyo es el primer paso para convivir mejor.

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Tu perro percibe un mundo que tú no puedes ver

Jiménez es muy clara: “Tu perro y tú podéis estar en la misma habitación a la misma hora, mirando hacia el mismo sitio, y no estar en el mismo lugar”. Pero, ¿qué significa esto exactamente?

La explicación de por qué perro y humano no compartimos el mismo mundo viene de lejos. La etóloga la atribuye al biólogo alemán Jakob von Uexküll, que en 1934 ya planteó que cada especie habita una burbuja perceptiva propia, es decir, un mundo hecho a la medida de lo que sus sentidos son capaces de captar y de lo que necesita para sobrevivir. Lo llamó Umwelt, que sería algo así como “mundo propio”.

Por eso, para Jiménez, la clave está en abandonar la idea de que existe un único mundo objetivo del que cada especie solo vería un trozo: más bien, “existen tantos mundos como formas de percibir”, aclara. En este contexto, subraya, “tu perro no vive en tu mundo con peor vista y mejor olfato, vive en su propio mundo y ese mundo es completo, coherente y suficiente para él”. Y en ese mundo hay un sentido que manda por encima de todos los demás: el olfato.

Para un perro, oler es mucho más que detectar un olor

El mundo de los perros se construye, sobre todo, con la nariz. Un ser humano tiene en torno a cinco o seis millones de receptores olfativos, mientras que un perro, según la raza, entre 200 y 300 millones. Pero la cifra, advierte Jiménez, es lo de menos. Lo decisivo es que la parte del cerebro que dedica a procesar olores es proporcionalmente mucho mayor que la nuestra: el perro no solo huele más, sino que, en sus palabras, “piensa oliendo”.

A eso se suma el órgano vomeronasal, un segundo sistema olfativo especializado en moléculas que transmiten información entre individuos, como el estado hormonal, estrés o identidad. “Tu perro puede oler cómo está otro perro, no deducirlo, olerlo”, insiste la experta.

Y todavía hay otra dimensión: la del tiempo. Según Jiménez, “para tu perro, el olfato es también una forma de percibir el tiempo”. Un rastro se degrada con las horas, y esa degradación le indica al perro cuándo pasó alguien por allí, si fue hace diez minutos o hace seis horas. Por eso, cuando se detiene a oler una esquina, “no está perdiendo el tiempo, está leyendo quién ha pasado por ahí, en qué estado estaba y hace cuánto”, explica la etóloga. En resumidas cuentas, como ella misma expresa, “está leyendo el periódico” de los perros.

Isabel Jiménez, etóloga: “Cuando tu perro se para a oler una esquina no está perdiendo el tiempo, está leyendo el mundo” - Para un perro, oler es mucho más que detectar un olor

Más allá del olfato: los perros tienen sentidos adaptados a un mundo diferente al nuestro

El olfato no es el único sentido que separa nuestro mundo del suyo. En el oído, los humanos llegamos hasta unos 20.000 hercios; los perros llegan bastante más lejos y captan ultrasonidos que a nosotros nos resultan imperceptibles, como los que emiten electrodomésticos o instalaciones sin que nadie lo note.

En cuanto a la vista, Jiménez advierte de que muchas personas creen, erróneamente, que los perros solo ven en blanco y negro. Lo cierto es que ven color, aunque con menos gama que nosotros: distinguen bien los azules y los amarillos, pero les cuesta distinguir los rojos y los verdes. A cambio, ven mejor con poca luz y detectan el movimiento mucho antes. “No es una vista peor, es una vista para otra cosa”, resume.

Pero el detalle que resulta más interesante, según la etóloga, está en los bigotes. Lo que llamamos así son en realidad vibrisas, órganos sensoriales con una inervación profunda, riego sanguíneo propio y una zona del cerebro dedicada a procesar lo que detectan. Su utilidad está ligada a una limitación importante en la especie: el perro enfoca mal de cerca. Las vibrisas captan corrientes de aire, cambios de presión, la cercanía de objetos e incluso texturas, y le dibujan un mapa de lo que no puede ver bien. Por eso un perro se mueve por una casa a oscuras sin chocarse con nada: “No está viendo, está leyendo el aire”, dice la experta.

Todo ello dibuja un mundo lleno de información que a nosotros se nos escapa. Y cambia por completo la forma de interpretar lo que ocurre cuando el perro se detiene en plena calle.

Tirar de la correa es interrumpir la lectura que tu perro está haciendo del mundo

Tras comprender de qué forma perciben el mundo estos animales, la parada en seco durante el paseo se ve de otra manera. Lo que a nosotros nos parece una pérdida de tiempo es, para el perro, la actividad principal de la salida: reunir información sobre el barrio, sus habitantes y lo que ha ocurrido desde la última vez. Tirar de la correa en ese momento equivale a arrancarle a una persona el periódico de las manos a mitad de página.

Por ello, el consejo de Jiménez es sencillo: “La próxima vez que tu perro se pare en seco a oler algo que tú no ves, no tires de la correa; está trabajando, está leyendo el mundo”. Y añade una idea clave que ayuda a cambiar la mirada sobre el paseo: “Ese mundo, aunque no puedas verlo, es tan real como el tuyo”.

El paseo es, ante todo, el momento del perro. Dejar a un lado las prisas y darle tiempo para detenerse y oler es la forma más sencilla de que lo aproveche.

En el fondo, según la experta, se trata de dejar de pedirle al perro que se comporte como si percibiera lo mismo que nosotros, porque no lo hace ni lo hará nunca. Como ella misma resume: “Comprender a un perro no empieza por enseñarle nada, empieza por aceptar que vive en otro sitio”.

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