María Figuerola, arquitecta: “El problema de los pipicanes es que están diseñados desde el punto de vista humano, no desde las necesidades de los perros”
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Los pipicanes y áreas caninas forman ya parte habitual del paisaje de muchas ciudades españolas. La idea parece sencilla: reservar un recinto donde los perros puedan correr, jugar y relacionarse sin correa. El problema aparece cuando ese espacio, en lugar de complementar el paseo, termina convirtiéndose en un pequeño recinto vallado que pretende cubrir necesidades mucho más complejas.
España tiene casi siete millones de perros, según el Estudio de Censos 2025 de ANFAAC y Veterindustria. La legislación estatal obliga, además, a los municipios a determinar lugares específicamente habilitados para el esparcimiento de los animales de compañía, especialmente perros.
Pero disponer de una zona canina no significa necesariamente que esté bien diseñada. María Figuerola, bióloga y arquitecta especializada en bienestar animal, analiza cómo se plantean estos espacios y advierte de que muchas veces se diseñan desde la perspectiva humana, sin tener en cuenta todas las necesidades de los perros. El debate actual se centra precisamente en eso: qué necesita realmente un perro cuando sale de casa y hasta qué punto los pipicanes españoles permiten satisfacerlo.
El diseño de muchos pipicanes no tiene en cuenta las necesidades de todos los perros
Una estimación reciente sitúa en algo más de 2.000 los pipicanes o áreas caninas existentes en España, aunque no existe un registro estatal único que permita confirmar una cifra exacta. Más revelador que el número es comprobar cómo son esos espacios.
Madrid, por ejemplo, informa actualmente de 242 zonas caninas distribuidas por sus 21 distritos. El propio Ayuntamiento explica que se trata de espacios acotados donde los perros pueden permanecer sueltos y que muchas áreas incorporan juegos y circuitos de ejercicio. También reconoce un dato significativo: estas zonas no están sometidas a una normativa técnica de seguridad tan estricta como los parques infantiles.
La bióloga y arquitecta del paisaje María Figuerola ha planteado una crítica de fondo en sus redes sociales: muchos espacios se proyectan desde la perspectiva humana y no desde el comportamiento del perro. “Se diseña desde el humano que cree que tiene que diseñar algo para un perro, pero no responde a sus necesidades”, explica. El resultado suele favorecer sobre todo a un determinado perfil: perros jóvenes, activos y muy sociables.
Quedan peor atendidos perros mayores, inseguros, pequeños, con dificultades de movilidad o aquellos que simplemente no desean relacionarse continuamente con otros perros.
Un perro necesita mucho más que correr y socializar para estar bien
El bienestar durante un paseo no consiste únicamente en gastar energía. Los perros necesitan mucho más que correr y socializar para estar bien. Explorar, olfatear, elegir dónde moverse, detenerse, descansar o mantener cierta distancia forman parte de su repertorio normal de conductas. Por eso, llenar un recinto de rampas, túneles u otros elementos no garantiza por sí solo que exista un buen enriquecimiento.
La propia María Figuerola resume el problema de estos espacios: “Y este es el verdadero problema de los pipicanes y es que están diseñados exclusivamente para correr y perseguirse dejando de lado otras conductas mucho más interesantes y necesarias para los perros.”
Un estudio publicado en 2026 en Journal of Applied Animal Welfare Science analizó precisamente cómo las características de las zonas sin correa influyen en el comportamiento canino. Los investigadores concluyeron que estos espacios pueden favorecer una mayor diversidad de conductas y estados emocionales positivos, pero observaron también que los elementos de agility suelen estar infrautilizados y pueden resultar poco apropiados para perros pequeños. Los usuarios valoraban especialmente la seguridad y la calidad ambiental del espacio.
Por eso, llenar un pipicán de rampas, túneles y obstáculos no equivale necesariamente a proporcionar enriquecimiento ambiental. Vegetación, sombra, desniveles suaves, lugares para olfatear y diferentes superficies pueden resultar igualmente importantes.
La superficie merece especial atención. Otra investigación publicada en 2026 comparó césped natural, césped estabilizado y césped artificial y encontró que este último alcanzaba temperaturas superiores, era más duro y era menos utilizado por los perros. Los autores aconsejan especial precaución cuando la temperatura ambiental supera los 25 ºC, un aspecto especialmente relevante en buena parte de España durante los meses cálidos.
Un recinto lleno de perros no siempre es un entorno adecuado para todos
Existe además una idea muy extendida que conviene matizar: no todos los perros necesitan jugar con desconocidos.
En un recinto reducido, un animal tiene menos posibilidades de alejarse cuando una interacción le resulta incómoda. La entrada de un nuevo perro puede concentrar además la atención de los que ya están dentro. Un estudio sobre comportamiento social en parques caninos observó precisamente que las interacciones eran particularmente intensas después de la llegada al recinto y disminuían posteriormente.
Otra investigación detectó un incremento significativo del cortisol después de 20 minutos en un parque canino frente a un paseo con correa en una muestra pequeña de perros. Esto no permite afirmar que los pipicanes sean perjudiciales, pero sí muestra que cada animal puede vivir de forma diferente un entorno social tan estimulante.
Conviene observar señales como intentar alejarse repetidamente, esconderse detrás de su tutor, permanecer junto a la puerta o tratar de interrumpir una interacción mientras otro perro insiste. El responsable del animal debe continuar supervisándolo aunque el recinto esté cerrado.
Así debería ser una buena zona canina, según los expertos
La solución, por tanto, no pasa por eliminar estos espacios. Una revisión científica sobre diseño y gestión de parques caninos señala que pueden aportar beneficios físicos y sociales, tanto para los perros como para las personas, siempre que su planificación reduzca los posibles conflictos.
Un área mejor diseñada debería disponer de espacio suficiente para aumentar distancias, accesos seguros, sombra, agua cuando sea posible, vegetación y variedad de superficies y recorridos. También resulta útil separar actividades para que correr no sea la única opción disponible. Como destaca María Figuerola, “debería ser un espacio que incluyera todas las conductas típicas de los perros y no solo de aquellos juguetones y activos”.
La propia legislación española establece que los municipios deben determinar espacios destinados al esparcimiento de los animales, pero la cuestión ya no es únicamente cuántos pipicanes existen. El verdadero reto es conseguir que sean lugares pensados desde las necesidades del perro.
Y aun el mejor pipicán tiene límites. Olfatear calles, caminos y vegetación, recorrer lugares nuevos y caminar junto a su tutor proporcionan estímulos difíciles de reproducir dentro de un recinto. La zona canina puede ser una herramienta útil, pero no debería convertirse en sustituto del paseo.
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- Applied Animal Behaviour Science. Exploring the dog park: Relationships between social behaviours, personality and cortisol in companion dogs / https://www.sciencedirect.com/science/article/abs/pii/S0168159113000981?via%3Dihub
