Vivir con un perro deja una huella bacteriana en la boca de los adolescentes que les ayuda a relacionarse mejor, según un estudio
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Tu hijo llega del instituto, suelta la mochila en cualquier parte del pasillo y, antes de saludar a nadie, va en busca de su perro para abrazarlo. Cosmo se alegra de verlo, ladra, le huele la cara, le lame las manos y le mete el hocico en el cuello. Esta muestra de cariño entre la mascota y el adolescente suele durar unos segundos y es habitual en muchos hogares de nuestro país.
Ahora un equipo de científicos japoneses acaba de descubrir que, gracias a este saludo y a los miles que vendrán después, suceden otras muchas cosas interesantes. En esos segundos de contacto se ha producido un trasvase de bacterias que ha dejado su huella en la boca del adolescente. Y esa huella, está ayudando a explicar por qué los adolescentes que crecen junto a su perro tienen menos problemas para relacionarse con los demás.
La Universidad de Azabu analizó la saliva de 345 adolescentes de Tokio
Los responsables de este estudio son de la Universidad de Azabu (Japón) y llevaban tiempo trabajando con adolescentes en Tokio. Para llevarlo a cabo, seleccionaron a 345 a los que les hicieron numerosas pruebas psicológicas. De todos ellos, 96 tenían perro en casa y el resto no.
Además de evaluar su salud mental, los investigadores analizaron qué tipo de bacterias tenían en la saliva. ¿Y por qué hicieron eso? Porque es la vía por la que más fácilmente se intercambian microorganismos con un perro (lametones, manos que van de la cara del animal a la propia boca, comida compartida sin querer) y porque, además, es la muestra biológica menos invasiva que se le puede pedir a un chico o una chica de 13 años. Los resultados del estudio se publicaron en la revista científica iScience.
Detectan 12 bacterias distintas en adolescentes que viven con perros
Lo que descubrieron sorprendió incluso a los propios investigadores. Los adolescentes que convivían con un perro mostraban menos problemas para relacionarse con los demás. De hecho, de todas las variables psicológicas que estudiaron (ansiedad, atención, conductas agresivas, problemas de pensamiento) era la que se evidenciaba de un modo más claro. Había algo en la convivencia con el perro que estaba dejando huella en la forma que el adolescente se relacionaba con su entorno, y ese algo debía ser por alguna causa.
Los investigadores contaban con una pista inicial: la saliva. Cuando la analizaron, descubrieron que en la boca de los adolescentes que convivían con un perro había hasta doce tipos de bacterias que apenas aparecían en la saliva de los chicos y chicas que no tenían mascota en casa.
Una bacteria presente en adolescentes con perro podría influir en la empatía
Para confirmar que esas bacterias eran las responsables del cambio de conducta, los científicos hicieron algo poco habitual, hasta ese momento, en lo que se refiere a estudios sobre mascotas. Tomaron muestras de saliva de seis adolescentes (tres que vivían con perro y tres que no) y se las trasplantaron a unos ratones de laboratorio.
A las pocas semanas, los ratones que habían recibido la saliva de los adolescentes que tenían perro se acercaban más a otros ratones cuando los veían en situación de riesgo, un gesto que los biólogos interpretan como un indicador de empatía.
Gracias a este trasplante de bacterias, los científicos descubrieron una cepa muy concreta del género Streptococcus que aparecía tanto en la saliva de los adolescentes con más vida social como en los ratones también más sociables. Era la primera vez que un estudio conseguía cerrar el círculo completo: identificaron una bacteria, la trasladaron a otra especie y comprobaron qué cambios provocaba en la conducta de un animal.
Así viajan las bacterias desde la boca hasta el cerebro a través del nervio vago
Las bacterias que un adolescente se traga con la saliva viajan hasta el intestino, donde pasan a formar parte de un ecosistema enorme. Y ese ecosistema está en contacto directo con el cerebro a través de un nervio muy largo, llamado nervio vago, que hace de enlace entre los dos órganos.
Cuando la composición de las bacterias intestinales cambia, las señales que viajan hasta el cerebro también cambian y modulan la actividad de las áreas cerebrales que regulan la conducta social. Y eso, según los investigadores, es lo que estaría ocurriendo en los adolescentes que conviven con un perro.
Convivir con un perro podría aportar algo más que compañía a los adolescentes
Este descubrimiento se ha producido en un momento en el que se está hablando mucho de la salud mental de los adolescentes en España. Según datos de UNICEF, cuatro de cada diez adolescentes han tenido un problema de salud mental en el último año, y uno de cada cuatro sufren soledad no deseada de forma continuada.
En este contexto, lo que demuestra el estudio japonés es que la convivencia diaria con un perro podría estar aportando algo más que simple compañía y eso, en el caso de España, es una buena noticia. Según el último censo de la Asociación Nacional de Fabricantes de Alimentos para Animales de Compañía (ANFAAC), convivimos con más de nueve millones de perros en nuestros hogares. Es de suponer que, en muchas de esas casas, hay adolescentes que comparten su vida con un perro y, esa convivencia, le podría estar imprimiendo una huella biológica parecida a la que han documentado los investigadores japoneses.
Si la convivencia diaria con un perro deja huella bacteriana en el adolescente, es razonable pensar que también puede suceder en sentido contrario. Pero sobre esta cuestión el estudio no dice nada porque no era una pregunta que se hubieran planteado los científicos japoneses. Lo interesante es que, sin proponérselo, se ha abierto una vía que merecerá la pena estudiar en el futuro. Quizá el perro también se vuelve más sociable con otros perros gracias al adolescente con el que convive.
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