Inés y Deborah, psicólogas expertas en duelo: “Cuando un perro o gato muere, lo último que hay que decir es ‘solo era un animal’; son miembros de pleno derecho de nuestra familia”
Hay pérdidas que dejan un silencio difícil de explicar. La cama que queda vacía, los paseos que ya no se dan, el sonido de unas patas por el pasillo que ha dejado de oírse o ese momento del día en el que siempre aparecía para pedir comida o simplemente estar. Cuando fallece un perro o un gato, no solo desaparece él físicamente: también cambian las rutinas, los espacios y una parte importante de nuestra vida.
Sin embargo, todavía hay personas que, ante este dolor, escuchan frases como “solo era un perro” o “solo era un gato”. Para Inés Serra y Deborah Blasco, psicólogas especializadas en duelo animal y creadoras de Raíces Eternas, este tipo de comentarios no refleja la realidad del vínculo que muchas personas construyen con sus animales. Ambas trabajan precisamente para dar visibilidad a un duelo que, según explican, todavía puede resultar incomprendido, solitario y “desautorizado”.
Los perros y gatos ocupan un lugar central en la vida de muchas personas. Compartimos casa con ellos, rutinas y experiencias. Aportan compañía y apoyo emocional. Por eso, cuando llega la despedida, el vacío puede ser mucho mayor de lo que quienes nunca han vivido ese vínculo pueden llegar a imaginar.
Los perros y gatos forman parte de nuestras rutinas y estructura emocional
La relación que mantenemos con los animales de compañía ha cambiado. Ya no se limita a proporcionarles alimento, cuidados básicos y un lugar donde vivir: para muchas personas, perros y gatos son su familia. Duermen cerca, reciben a sus tutores al volver a casa, los acompañan en los momentos más difíciles y crean rutinas que, con el paso de los años, terminan formando parte de la propia identidad familiar. “Nuestros animales son importantes, forman parte de nuestra estructura emocional y familiar, ocupan nuestros espacios más cotidianos y dibujan nuestras rutinas”, explica Deborah.
Esa presencia constante ayuda a entender por qué su ausencia puede sentirse de una manera tan profunda y dolorosa. No se trata únicamente de echar de menos a un ser querido, sino de aprender a vivir sin alguien que formaba parte del día a día.
Además, las psicólogas señalan que, “para muchas personas, son reguladores emocionales, apoyos incondicionales y fuentes de amor desinteresado”. Ocupan un papel especialmente importante en nuestro mundo emocional y, por ello, la relación puede adquirir una dimensión que va mucho más allá de la convivencia.
El vínculo con un animal puede convertirse en un apoyo en los momentos más difíciles
Hay momentos de la vida en los que la convivencia con un animal puede adquirir todavía más importancia. Una mudanza, una ruptura, una enfermedad, un periodo de ansiedad o una etapa marcada por la soledad pueden hacer que esa compañía cotidiana se convierta en un verdadero punto de apoyo.
Inés y Deborah explican que los animales pueden desempeñar, sin que sea su intención, un papel muy importante durante estas situaciones. “En situaciones de soledad, ansiedad, enfermedad o grandes crisis vitales, nuestros animales actúan como un amortiguador del trauma”, señala Deborah.
Y una de las razones está precisamente en la manera en la que muchas personas se relacionan con ellos. Frente a un perro o un gato no hace falta fingir que todo está bien. “Con ellos nos mostramos tal y como somos, porque no nos juzgan, ni nos piden explicaciones ni nos castigan”, explica Inés.
En ese contexto, las psicólogas describen la relación como un espacio de apego seguro: “El cerebro humano no distingue si el apego es hacia un humano o hacia un animal. El amor segrega oxitocina, convirtiendo el vínculo que compartimos con ellos en un espacio seguro”. Según ellas, el vínculo afectivo con un animal puede generar una sensación de seguridad y bienestar, y relacionan ese vínculo con procesos biológicos asociados al apego y al amor, como la liberación de oxitocina.
Como resumen Inés y Deborah, ellos ofrecen algo que no siempre resulta fácil encontrar en otras relaciones: “Presencia pura y aceptación”.
La pérdida duele tanto como el vínculo que se ha construido
Las psicólogas consideran que la intensidad del duelo está estrechamente relacionada con la importancia que tenía ese vínculo para la persona. “Nuestro dolor será un espejo de la magnitud de nuestro vínculo”, afirma Inés.
Una persona que ha compartido diez o quince años de su vida con un perro o un gato no está afrontando únicamente la ausencia de ese animal. Está atravesando también el final de una historia compartida y la desaparición de una parte de su vida. De ahí que puedan aparecer emociones muy diferentes. “Se siente vacío, tristeza, rabia…”, señalan las psicólogas. Y no necesariamente se presentan en ese orden ni desaparecen rápidamente. El duelo puede tener momentos de mayor intensidad y otros en los que la persona consigue continuar con su vida mientras sigue echando de menos su animal.
Precisamente por eso, las psicólogas ponen el foco en una idea especialmente importante para quienes atraviesan este proceso: el dolor no debería medirse por lo que se ve desde fuera.
El duelo por un animal también necesita tiempo, espacio y respeto
“Tu duelo no es exagerado”, subraya Inés. No es necesario justificar la tristeza ni compararla con la de otras personas. Cada historia es diferente y cada despedida también lo es.
Por eso, las psicólogas recomiendan permitirse vivir el proceso sin intentar apresurarlo: “Permítete el espacio para reconstruirte. Hazlo para honrar vuestra historia y recuerda que tu dolor es real porque vuestro amor también lo es”, señala Deborah.
En la práctica esto puede significar encontrar un espacio para llorar, recordar al animal o simplemente aceptar que habrá momentos en los que la ausencia se haga especialmente dolorosa. El objetivo no es olvidar. Con el tiempo, se trata de aprender a vivir sin la presencia física de ese miembro tan importante para nosotros, conservando al mismo tiempo el significado que tuvo en nuestra vida y todo lo que nos enseñó.
Y si nunca has convivido con un animal, pero estás acompañando a alguien que ha perdido al suyo, recuerda algo importante: evita decirle que “solo era un perro” o “solo era un gato”. Aunque no puedas comprender la dimensión de su pérdida, puedes validar su dolor, respetar su duelo y estar a su lado.
Por otro lado, cuando el duelo resulta especialmente difícil de afrontar, buscar acompañamiento profesional puede ayudar a transitarlo con las herramientas adecuadas. Proyectos como Raíces Eternas trabajan precisamente en torno al duelo por la pérdida de animales. Y también es importante que quienes acompañen estos procesos desde el ámbito veterinario cuenten con formación específica. Un ejemplo es Vetformación, que dispone de un curso sobre Eutanasia y duelo en la práctica veterinaria para abordar estas situaciones desde la práctica profesional.
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