Cuidados básicos

Juan Manuel Liquindoli, educador canino: “Los perros no se vengan ni sienten culpa; detrás puede haber frustración o estrés”

 
Eva López
Por Eva López, Editora Sénior. 31 agosto 2026
Juan Manuel Liquindoli, educador canino: “Los perros no se vengan ni sienten culpa; detrás puede haber frustración o estrés”
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Para muchas personas, los perros que rompen algo o se orinan cuando pasan muchas horas solos en casa lo hacen por venganza. Del mismo modo, aseguran que, una vez regresan, ponen cara de culpabilidad. Sin embargo, el educador y etólogo canino Juan Manuel Liquindoli es claro: “Los perros no se vengan ni sienten culpa”. Así lo ha explicado en PrimeriS.O.S.

Para el experto, atribuir a los perros determinadas emociones e intenciones humanas es humanizarlos y alejarse de lo que realmente puede estar detrás de sus conductas. Frustración, estrés u otros motivos pueden explicar comportamientos que interpretamos como “venganza”, por lo que aprender a identificarlos es fundamental para entender mejor al animal.

Un perro no se venga cuando rompe algo en casa: esta es la verdadera razón

Llegar a casa y encontrarse un sofá destrozado, un objeto roto o que ha orinado donde no debe puede llevar a pensar que el perro “lo ha hecho a propósito”. Pero Liquindoli insiste en que “los perros no se vengan”.

En su lugar, señala que el animal sí puede frustrarse y estresarse, y que determinadas conductas pueden aparecer como consecuencia de esos estados. Cuando el perro no tiene forma de gestionar lo que le está ocurriendo, canaliza la tensión a través de comportamientos como morder, destrozar objetos o hacer sus necesidades dentro de casa, que funcionan como una vía de escape y no como un mensaje dirigido al tutor.

Entre las situaciones que pueden contribuir a que aparezcan comportamientos de este tipo están el aburrimiento, la búsqueda de atención, el estrés o la ansiedad, el aprendizaje accidental y los problemas de comunicación.

Por eso, interpretar automáticamente una destrucción como una represalia puede llevarnos a pasar por alto qué estaba provocando realmente esa conducta.

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La “cara de culpabilidad” tampoco significa que un perro sienta culpa

La misma tendencia a interpretar al perro desde una perspectiva humana aparece cuando hablamos de culpa. Es habitual que, después de una trastada, el tutor se fije en la expresión del animal y piense que “sabe perfectamente lo que ha hecho”. Esa mirada, esa postura o incluso el hecho de apartarse pueden parecer señales inequívocas de arrepentimiento pero, ¿lo son realmente?

Liquindoli es claro al respecto: “Los perros no tienen sentimiento de culpa”. Los perros también tienen emociones, pero no las expresan ni gestionan como las personas. Por eso, es un error convertir automáticamente determinadas expresiones o respuestas del animal en equivalentes de emociones humanas complejas.

Esa expresión que muchas personas identifican como “cara de culpabilidad” puede ser una respuesta a la situación, al tono del tutor o a la interacción que está teniendo lugar, y no una prueba de que el animal comprenda moralmente que ha hecho algo malo.

Pensar que un perro se venga o siente culpa es humanizarlo, según Liquindoli

Dormir con el perro es uno de los comportamientos que más suele asociarse a la “humanización”. No obstante, Liquindoli lo aclara y afirma que “dormir en la cama con un perro no es humanizarlo”. El educador explica que los perros son animales gregarios, es decir, que viven en grupos, y por ello forma parte de su naturaleza dormir cerca de los individuos con los que conviven y mantienen un vínculo. De hecho, recuerda que también es habitual observar a perros que duermen juntos y permanecen pegados unos a otros.

Algo parecido sucede con los carritos para perros. Utilizarlos no siempre significa que estemos humanizando al animal. Puede haber situaciones en las que sean una herramienta muy útil: un perro con problemas traumatológicos, un cachorro que todavía no puede realizar una caminata larga o un perro de edad avanzada pueden necesitar este tipo de ayuda.

En estos casos, según Liquindoli, el carrito permite adaptar la actividad del perro a sus capacidades. Por ejemplo, un perro anciano con dificultades para caminar podrá seguir disfrutando de los estímulos del exterior si sale a pasear en un carrito, sin tener que recorrer a pie una distancia que ya no puede asumir. La situación sería diferente si se utiliza este recurso con un perro sano que puede caminar perfectamente y cuyas necesidades no lo requieren, simplemente porque queremos llevarlo como si fuera un bebé. Por eso, la cuestión no está únicamente en el cuidado que proporcionamos al animal, sino en si ese cuidado responde a sus necesidades reales.

Entonces, ¿dónde está para Liquindoli la verdadera humanización? En atribuir al perro características que pertenecen a los seres humanos, como pensar que un perro puede vengarse o afirmar que siente culpa.

Por tanto, humanizar a un perro no consiste en mimarlo o darle determinados cuidados, sino en cómo cubrimos sus necesidades e interpretamos algunas de sus conductas.

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El error de interpretar las conductas del perro como si fueran humanas

Según Liquindoli, “atribuir a los perros atributos humanos que no tienen, es humanizarlos”. La venganza es uno de sus ejemplos más claros. Cuando un perro rompe cosas después de quedarse solo en casa, muchas son las personas que cuentan la misma historia: “Sabe que me he ido y lo hace para castigarme”. Pero esa interpretación supone atribuirle una intención que el educador rechaza por completo.

El perro puede experimentar determinadas emociones, pero eso no significa que las procese o las convierta en intenciones complejas de la misma manera que una persona. Liquindoli resume esto de forma contundente: “Eso es humanizar a un perro”.

La clave está en descubrir qué provoca realmente cada conducta

Dado que no existe una intención de venganza, la pregunta que los tutores deben hacerse, según señala el experto, es qué está provocando realmente el comportamiento. Entre las posibilidades están, de nuevo, la frustración, la necesidad de atención, el estrés o la ansiedad, y también el aprendizaje accidental: si una conducta genera interacción con el tutor, aunque sea negativa, el perro puede aprender que esa conducta produce una respuesta.

También conviene prestar atención a los cambios en el comportamiento: orinar o defecar dentro de casa, destruir objetos, ladridos, quejas, hiperactividad o alteraciones en el apetito y el sueño son señales que hay que observar dentro del contexto en el que aparecen.

A la hora de actuar, el enfoque pasa por no reforzar la conducta que queremos reducir y enseñar alternativas que sí queramos que el perro repita. El refuerzo consistente, una rutina adecuada y el ejercicio y la estimulación física y mental pueden ayudar a reducir la frustración. También puede ser útil modificar temporalmente el entorno: retirar objetos que resulten tentadores o limitar determinados espacios mientras se trabaja en el aprendizaje.

Y hay una última cuestión que no conviene pasar por alto: si el cambio de comportamiento aparece de repente o coincide con otros signos, conviene consultar con un veterinario para descartar dolor, malestar u otra causa física.

Al final, la reflexión de Liquindoli va más allá de decidir si una determinada conducta es “humanizar” o no. Como señala el especialista, “el tema de humanizar o no humanizar el perro es bastante más complejo”. Entender a un perro no significa quererlo menos ni dejar de tratarlo como parte de la familia: significa aprender a interpretar lo que hace desde sus propias necesidades y emociones, y no convertir automáticamente cada conducta en una historia humana.

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