Palma dice adiós a los caballos: el giro histórico de las calesas que marca un cambio en toda España
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Durante décadas, las calesas tiradas por caballos han sido una de las imágenes más reconocibles del turismo en ciudades españolas. En Palma de Mallorca, ese paisaje empieza a desaparecer. Los 28 caleseros que aún operaban en la ciudad han decidido, por unanimidad, abandonar la tracción animal y apostar por galeras eléctricas, en un movimiento que marca un punto de inflexión.
El cambio responde a una suma de factores: presión social, desgaste profesional y la percepción de que “los tiempos han cambiado”. Los propios conductores reconocen que el modelo actual ya no encaja con la sensibilidad contemporánea, pese a defender que siempre han cuidado a sus caballos.
La transición no será inmediata, pero sí clara. Los caleseros prevén que los nuevos vehículos eléctricos —con un coste aproximado de 40.000 euros cada uno— estén operativos a partir de 2027, lo que transformará por completo un servicio histórico en la ciudad.
Un cambio impulsado por la presión social
La decisión no puede entenderse sin el contexto de los últimos años. El debate sobre el uso de animales en el turismo urbano ha ido creciendo en España, especialmente en ciudades con altas temperaturas y gran densidad de visitantes.
En Palma, las críticas han sido constantes. Denuncias por condiciones de calor extremo, protestas de colectivos animalistas y campañas públicas han ido erosionando la legitimidad del modelo. En 2025, por ejemplo, organizaciones denunciaban que los caballos seguían trabajando incluso durante alertas por altas temperaturas, incumpliendo normativas diseñadas para protegerlos.
De Capdepera a Palma: el fin de la tracción animal se extiende por la isla
Lo que ocurre en Palma no es un hecho aislado. Mallorca se ha convertido en los últimos años en un laboratorio de transformación del modelo turístico en relación con los animales.
Municipios como Capdepera fueron pioneros en prohibir la tracción animal ya en 2016, y otros como Alcúdia o Muro han seguido el mismo camino recientemente. La capital balear, que durante años resistió al cambio, ha terminado alineándose con esta tendencia hacia un turismo más sostenible y respetuoso con el bienestar animal.
El propio Ayuntamiento de Palma ha reconocido que la transición es el resultado de un proceso de diálogo prolongado con el sector en el que se ha buscado compatibilizar el mantenimiento del empleo con las nuevas demandas sociales.
El conflicto ético que ha acabado con las calesas en Palma
Las calesas forman parte de la tradición turística de muchas ciudades europeas, como Sevilla, donde también se están regulando los paseos en caballos. No obstante, en las últimas décadas han pasado de ser una atracción pintoresca a convertirse en un foco de conflicto ético.
El problema no es solo el uso de animales, sino las condiciones en las que trabajan: largas jornadas, exposición al calor y entornos urbanos hostiles. En ciudades como Palma, donde el verano puede superar con facilidad los 30 grados, la situación se vuelve especialmente crítica.
Por eso, el debate ha dejado de ser marginal. La sustitución de caballos por vehículos eléctricos ya se plantea como una solución intermedia que permite mantener el servicio sin recurrir a la tracción animal.
En España, el uso de caballos en actividades como las calesas no está prohibido a nivel estatal, pero sí está regulado por un marco legal cada vez más exigente en materia de bienestar animal. La Ley 7/2023 de protección de los derechos y el bienestar de los animales los reconoce como “seres sintientes” y obliga a garantizar su cuidado en condiciones dignas.
Otras normas como la Ley 32/2007 establecen sanciones por maltrato y regulan su uso en actividades económicas. A esto se suman decretos específicos para équidos que fijan condiciones sanitarias y de bienestar en su manejo.
Sin embargo, la regulación concreta de las calesas depende en gran medida de ordenanzas municipales, lo que ha generado diferencias entre ciudades y ha acelerado el debate sobre su continuidad en un contexto de creciente sensibilidad social.
Así está cambiando el turismo animal en el resto de Europa
La transición que ahora inicia Palma sigue una tendencia más amplia en Europa. Varias ciudades han eliminado o reducido el uso de caballos en entornos urbanos, sustituyéndolos por alternativas eléctricas o directamente eliminando el servicio.
El argumento principal es doble: por un lado, el bienestar animal; por otro, la adaptación a un modelo turístico más sostenible y acorde con las expectativas actuales.
En ese sentido, el caso de Palma puede marcar un precedente para otras ciudades españolas donde el debate sigue abierto, como Sevilla o Córdoba.
El cambio no está exento de nostalgia. Los propios caleseros lo reconocen: Palma será distinta cuando desaparezcan los caballos de sus calles. Durante décadas, estas imágenes formaron parte del paisaje urbano y de la experiencia turística. Pero como ocurre con muchos elementos tradicionales, su continuidad depende de su adaptación al presente.
En este caso, la adaptación implica una ruptura clara: dejar atrás un modelo basado en la tracción animal y avanzar hacia uno que responda a nuevas sensibilidades sociales que ya no aceptan el sufrimiento de los caballos como parte del paisaje urbano. No se trata solo de una necesidad legal, sino de una victoria de la ética y el bienestar animal.
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